lunes, 5 de noviembre de 2012


Atrapados

Una mañana de sábado; Una joven despertó tarde, se esperezó varias veces hasta decidir con cierta desidia levantarse. Después de pensarlo un rato se colocó unos vaqueros y una camiseta de su grupo preferido. Sus padres le habían comentado que se levantarían temprano para ir de compras a la ciudad y volverían tarde, así que tenía toda la casa para ella sola y con esa ilusión se dispuso a salir del cuarto. Su plan era ir al baño y luego tumbarse a la bartola en el sofá del salón y mirar un rato la televisión o poner un dvd, aún no lo tenía muy claro. Pero al intentar traspasar el marco de la puerta de la habitación, una gelatina invisible le cortó el paso haciéndole retroceder. Desorientada volvió a intentarlo de nuevo; la barrera invisible la impulsó al interior del dormitorio evitándole la salida.
-Debo de estar soñando- pensó ella. Se pellizco, respiro hondo y cuando se convenció a si misma de que todo era fruto de su imaginación, dirigió sus pasos decididos, hacia la puerta, lo intentó una y otra vez, de frente, de costado, agachada, nada. Era imposible salir y una angustia empezó a absorberla. Dejo de intentarlo y se sentó en la cama con la intención de tranquilizarse, tenía frió, la temperatura del cuarto había descendido bruscamente sin motivo aparente. Y notó una opresión por todo el cuerpo, como si la habitación estuviese encogiéndose poco a poco, estrujándola. Le costaba respirar. Tenía que salir de allí como fuera. Las lágrimas brotaron por sus ojos y aunque pidió auxilio nadie vino a rescatarla. Entonces su mirada se posó en la ventana, su salvación pensó, y sin dudarlo se dejo llevar por el terror corriendo hacia ella y la abrió. Pasó un brazo y descubrió esperanzada que nada le impedía pasar. Sería fácil andar por la pequeña cornisa y entrar por la terraza del salón. La cuestión era salir de aquella habitación claustrofóbica.
Sin pensar en los cuatro metros que le separaban del pavimento, salio por la ventana y aferrándose a la persiana, consiguió apoyar las puntas de los pies en el saliente. Avanzó  y lo último que oyó fue un crujido bajo sus pies al romperse la cornisa, cayendo al vació.
Lejos de allí, días después, en otra ciudad, un joven despertó temprano, estaba solo en casa y había quedado para ir a jugar al fútbol con los amigos. Se vistió y cuando fue a salir de su cuarto algo impidió su salida…
María del Carmen Encinas
Registro: 1203091279006


lunes, 26 de marzo de 2012

Fragmento de Sebastian (1 Capitulo)

Los seres alados sobrevolaron la casa buscando por donde entrar, querían ayudarle, se lo debían. Sebastian se dejo caer suavemente sobre el tejado plegando sus alas, quería intentar algo descabellado, bajar por la chimenea. Mientras en la vivienda las fuerzas grises destrozaban todo lo que encontraban en su camino.
Mepli, seguía agazapado, escondido dentro del armario, aterrado. Cada vez estaba más cerca el sonido de la destrucción, cristales al romperse, muebles estallando. No tenía escapatoria posible, aquello fuera lo que fuera lo iba a matar. Sebastian arrancó el sombrero de la chimenea y miró por ella. El hueco era estrechoaún así tenía que intentarlo. Entró cuidando de plegar sus alas al máximo aún así tenía que intentarlo. Entró cuidado de plegar sus alas al máximo.  aún así tenía que intentarlo. Entró cuidando de plegar sus alas al máximo
El hollín se aferraba a su piel, la oscuridad lo envolvía todo. Escucho la voz de sus hermanos alarmada al verle desaparecer dentro de la chimenea. Descendió con cautela, casi aguantando la respiración.
Al llegar a bajo lo que vio fue desolación. La estancia donde se encontraba la chimenea, era un comedor, ahora el recuerdo de ello. Trozos de las sillas y mesa, cubrían el suelo. Los cuadros habían sido arrancados de las paredes, lo único que seguía en pie era una lámpara de cristal que colgaba del techo milagrosamente.
Las fuerzas grises no estaban lejos, escuchaba como devastaba la habitación contigua. Buscaban a Mepli, eso significaba que aún seguía vivo, no estaba todo perdido. El joven se habría escondido en algún lugar de la casa, pero ¿dónde? Con mucha cautela y desenvainando su espada, Sebastian camino fuera del comedor. Todo... ... estaba en penumbras, el ruido era atroz estaba en penumbras el ruido era atroz.
Pasó cerca de la habitación atacada, podía ver movimiento de sombras dentro. Intentó pegarse a la pared todo lo que pudo, no quería ser descubierto. Ahora no, que estaba tan cerca y había esperanzas de salvar al joven, sin que este sufriera ningún daño.          Mepli mantenía en sus manos el viejo abrecartas que había cogido para defenderse, pero al ver aquellos seres Sin formas comprendió qué nada podría hacer contra ellos. El móvil seguía a sus pies, había intentado llamar a la policía y al marcar lo único que había oído era un pitido desagradable. Nunca había sido católico, ahora estaba a punto de ponerse a rezar, pedir a Dios que le ayudará. Todo empezó después de un extraño sueño. Despertó sobresaltado al escuchar un ruido de cristales rotos. Se incorporó rápidamente de la alcoba, pensando, que en la casa había entrado un ladrón. Asustado cogió el abrecartas, que ese mismo día había encontrado en el portal de su casa, y se dirigió a la cocina. Un escalofrío recorrió su cuerpo, unas sombras se movían con excesiva rapidez, rompiendo todo lo que encontraba a su paso, no eran humanas, más bien, no tenían forma determinada. El pánico se apoderó de él y huyó hacía la puerta de salida y entonces está saltó en pedazos mientras un par de aquellos seres entró por ella. Tuvo el tiempo justo de esconderse dentro del armario de los abrigos y allí permanecía quieto, con el corazón latiendo a mil.
Un movimiento del picaporte. Quiso desaparecer y la puerta se abrió poco a poco.


¿Dónde se podría esconder Mepli? Se preguntó Sebastian, su instinto le guió hasta el pasillo de la entrada. Allí sintió, no oyó, la respiración del joven. Había un armario empotrado, que estaba intacto, las fuerzas grises no habían reparado en él, pero no tardarían en buscar allí. Puso la mano en el picaporte y lo giró lentamente.